El primer día que deperté en Bulgaria me dirigí con mis dos compañeros de piso a la biblioteca de Sofía. Como todavía no conocíamos bien el centro de la ciudad realizamos una extraña pirula: cogimos primero el metro y luego el tranvía para recorrer un trayecto que se puede caminar en una media hora escasa.
Tras realizar un viaje en el subterráneo de una parada a otra realizamos el transbordo con plena confianza. Confianza en que los billetes del metro tienen valor durante una hora en cualquier otro transporte público. Error.
Salieron de la nada cuando estábamos a punto de bajarnos. Eran dos mujeres minúsculas de cara arrugada y morena, vestidas con gorros de lana y abrigos negros. Podrían haber sido hermanas. Eran las revisoras del tranvía, pero parecían dos cuervos ansiosos por cazar a los jetas que se cuelan sin pagar.
Vociferaban en su lengua incompresible, afeándonos nuestra conducta. Bajamos del tranvía con ellas y tratamos de hacer entender en inglés que eramos extranjeros y que habíamos cometido el error de buena fé. Pero la sentencia era inapelable: 20 levas por cabeza, algo menos de 10 euros. Mucho dinero para un búlgaro.
Una mujer se unió a la discusión. Hablaba primero con las revisoras y luego con nosotros. Parecía indignada por algo. ¿La enfurecía que unos jetas foráneos se colaran en el transporte público? ¿Trataba de advertirnos de que nos estaban cobrando una multa demasiado elevada? Como solo hablaba búlgaro nunca lo sabremos.
Pagamos y nos fuimos con la sensación de haber recibido la novatada de nuestra estancia en Sofía. Que todos los problemas sean así.
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