lunes, 16 de junio de 2014

El hijo de Valentina

Un día una de mis supervisoras en la biblioteca tuvo que acompañarme a unas oficinas de la agencia de transporte público de Sofía para hacerme una nueva tarjeta, ya que la anterior me había sido robada (circunstancia que ya relataré un día de estos) y por el camino me explicó sobre su hijo.

Valia, como la llaman sus compañeras de la biblioteca y nosotros los voluntarios, es una mujer pequeña y regordeta con gafas y pelo teñido de rubio, según admisión propia tiene 52 años. De carácter afable, siempre tiene una palabra de ánimo para todo el mundo, y nos levanta la moral a todos con sus tudesno, extra y super.

Por alguna razón yo le conté algo sobre mis padres que no recuerdo, y ello empezó a contarme sobre su hijo mayor (tiene otra hija que estudia en Inglaterra) probablemente porque nuestra edad es casi la misma, 28 años él, 29 años yo.

Su hijo es jugador profesional. O más bien intenta ser jugador profesional con resultado más bien desastroso, como le ocurre, supongo, a la mayor parte de gente que intenta ganarse la vida de esta manera. Al parecer ha pasado miles de horas jugando al póquer y ha perdido considerables sumas de dinero en el intento. Yo he jugado  bastante al póquer apostando y puedo entender la embriaguez que puede causar este juego cuando te crees que puedes recuperar las perdidas. Y supongo que si uno le dedica demasiadas horas puede llegar a crearse la ilusión de que puede ganar cualquier partida sin importar las cartas o la suerte.

Según parece la cosa llegó hasta el extremo de que el gachó se mudó a los Estados Unidos y estuvo jugándoselo por allí al más puro estilo Hollywood. Al cabo de un tiempo volvió con el rabo entre las piernas y entonando el mea culpa, jurando no seguir con ese estilo de vida. Sus padres le creyeron y le dejaron dinero para que volviese a empezar. No tardó en perderlo a las cartas.

El muchacho al que no conozco ni conoceré partió de una posición privilegiada. Habiendo nacido en un país pobre como Bulgaria le tocó tener un padre dentista, lo que lo coloca en una posición de privilegio. Su madre dice que tiene cerebro para estudiar lo que hubiese querido, pero no quiso. De vez en cuando sus padres tratan de conseguirle un trabajo, a lo que debe responder diciendo que para esa mierda de sueldo el no se mueve de casa. Llegado el caso no duda en echarle en cara a su madre lo poco que gana con su formación universitaria.

Eso sí, novia tiene, como para cumplir el tópico de que donde haya un sinvergüenza, un miserable, un tramposo, habrá una mujer adorándolo.

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