JUVENTUD SIN FUTURO-
En respuesta al artículo de Elvira Lindo, “Los españoles y el arraigo”. El País decidió no publicarla como carta al director.
Manolito terminó Ciencias de la Comunicación en 2007 y trabajó 14 meses renovando cada pocos meses contratos de becario y de prácticas en un periódico de tirada nacional; Manolito esperaba que con el tiempo le hicieran un contrato decente y no tuviera que cubrir con sus horas de trabajo de becario las vacaciones y las bajas de maternidad de otros trabajadores, pero un día le comunicaron que ya no había sitio en la redacción para él.
El Imbécil acabó, tres años después, una Formación Profesional de grado medio en Instalaciones Eléctricas y Automáticas y le fueron saliendo trabajillos en negro, cada vez peor pagados por más horas de trabajo; el Imbecil refunfuñaba en casa, pero no le decía nada a su jefe, cada vez más agobiado porque llegaban menos encargos.Llegó a darse de alta como falso autónomo como pedía su jefe y aceptaba los trabajos con una sensación de impotencia, hasta que al final dejaron de llegar y le mandaron a casa.
La pensión del abuelo Nicolás se ha convertido en el sustento principal de la familia, porque también los encargos de Manolo padre se han reducido con el paso de los años, y sólo con su trabajo en el camión no da para que toda la familia coma, se vista y viva. Así que Manolito, que chapurrea algo de inglés, habló con un compañero de la facultad que le contó su experiencia en Reino Unido y un díaentendió que debía hacer las maletas. Ahora pone cafés en una cadena de hostelería en Londres. El Imbécil, mientras, envía su curriculum cada semana a varias empresas y trabaja de reponedor en una cadena de supermercados en el barrio.
Catalina se ha descargado Skype en el ordenador de la Luisa y una vez a la semana sube a hablar con su hijo; Manolo lo tiene más difícil, porque entre semana no suele estar en casa.
Dice Elvira Lindo que los españoles tenemos demasiado apego a nuestro pequeño universo familiar, y consideramos un drama la emigración porque tenemos un “sentimiento de arraigo casi enfermizo”.
Olvida Elvira Lindo que lo que ha hecho emigrar a Manolito y a cientos de miles de jóvenes como él no son las ganas de aventuras, sino la necesidad de comer y labrarse un futuro. Como han hecho antes los ecuatorianos, los argentinos y los clandestinos que se juegan la vida tratando de llegar al norte (antes) desarrollado. No se trata de frivolizar ni comparar experiencias históricas ni sociales distintas. Se trata de entender que el sistema productivo español, basado en la construcción, la burbuja inmobiliaria y el turismo, apoyado por los grandes partidos durante una década entera, ha terminado por estallar, llenando los bolsillos de bancos e inmobiliarios y abandonando a su suerte a millones de ciudadanos en el ínterin.
El problema no es que los emigrados echemos de menos a nuestra madre: el problema es que en este país, ahora y, por lo que parece, en un futuro cercano, no hay sitio para miles de personas. Por eso nosotros, los que limpiamos platos en Berlín y ponemos cafés en Londres no nos hemos ido: nos han echado.
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